jueves 12 de noviembre de 2009

Por todo lo gozado y por lo por gozar

A mi padre, que me ayudo a cuatro manos con éstos prosaicos veros;
a mi madre, que algún día los leerá...


Instintivo probablemente,
desde Onán que se tiene registro;
cualquier lego es autosuficiente
de un placer rechazado por Cristo.

Quizá el método más antiguo
de todos los anticonceptivos,
porque más vale pájaro en mano
que procrear sin haberlo planeado.

Terror de las magdalenas
y de las señoritas que fuman,
al oficio más cosmopolita
ha hecho guerra y acaso gana.

Jamás contagia V.I.H. sida,
jamás la amada se embaraza,
ni ocasiona los celos en vida
y menos resta los jorges de casa.

Manuelito, onanista, pajero,
volador de cometa, un asceta,
paja brava, pinga de acero.
Los que en monólogo se engríen.

Prescrita por sabios y eruditos,
recomendada al somnoliento,
métase usted dos al hilo
y sin puntilla caiga muerto.

Sólo ocúpate de que no seas visto
en el auto, en la escuela, en el baño,
en el cine, el parque, oficina,
disfrutar diez minutos y listo.

Cuando ya el movimiento te agote
y la sensación te resulte tediosa
no lo dudes, hazlo a mano cambiada,
os lo juro, sentiréis otra cosa.

El tierno púber lo experimenta,
juega y disfruta mas no se preocupa
del vicio al que está dando axioma,
que lo acompañará hasta la próxima.

El adolescente un poco más ducho
no para en la ducha con su mazorca
tal vez le recite, o le cante, o hable
y el hábito nunca muere en la horca.

Una salvación para los que no mojan,
adictivo en tímidos u homosexuales
¡ay de ellos si desconocieran tal rito!
como del proxeneta castrado expedito.

Dicen que más los profanos,
pero es pura mentira,
muchos machos se juntan
para una buena corrida.

Gana el que se venga más rápido
o aquel que llegue más lejos,
vacilón de gentlemen’s nigths
hasta cuando llegan a viejos.

Un insulto a la paja, las feas;
la belleza no es relativa,
el que imagina y pide poco
es a todas luces un loco.

Acompaña la pornografía
que sin pajeros no existiera,
es más rico en una corrida
ver en la web lo que quiera.

Fuera de casa guarda cuidado,
podrías cagarla, terminar manchado,
que jodido que llegando al clímax
salten los hijos grises disparados.

Pero en cama de noche
cuando se asoman las estrellas,
que risa ver la lluvia espesa
violenta y veloz hasta el techo.

Compruébese aquí la psicología:
si no piensas mientras la agitas
nunca la paras, menos te excitas.
Mano y mente, un solo hombre.

Es común y frecuente:
“Juro que nunca lo he hecho”,
lo niegan cínicamente:
“Me he estado rascando el pecho”.

En su frente el estigma “jeropa”,
en el bolsillo arrugada la última
impudorosa y no menos fogosa
página de la Caretas.

Cuando ya el dolor las remata
a las recién sacaditas de pito,
caballero, use la empatía
déjela, mastúrbese un ratito.

Te provoca, la frotas por fuera,
sabes sólo de ciento volando,
cierras los ojos, tragas saliva,
agitas, aguantas, exhalas y gritas.

Y que delicioso que fuera
imaginar a una mano ajena,
empero más solo que plutón,
inverosímil resulta la idea.

Con años aprendieron a estimarse
y a extrañarse, al compartir mucho,
la diestra y el fiel compañero
que anduvieron desde pequeños.

Pero todo exceso es pernicioso,
incluida la lasciva lujuriosa,
es menester controlar arrebatos
para la afrenta evitar del galeno.

Que te crece la mano, que te salen pelos,
que te vuelves loco, que te quedas ciego
y demás embustes blasfeman tu nombre
mientras los mendaces engendran miedo.

Total desvarío el de un anciano
que sin más reparo fue a la farmacia
a por un viagra para terminar en manos
aquello soñado que añoraba a diario.

No puedo dar fe, pero he oído,
el más narcisista, efervescente,
su habitación guarda sigilo,
prefiere al coito la prisa ardiente.

Ningún hombre queda exento,
es la ley de la gravedad,
si Jesús fue hombre y tuvo sexo,
de una erección surgió un juego.

No quiero condenarme al averno,
menos pienso tener callos,
no deseo volverme precoz,
menos puedo dejarlo de lado.

A la prima, a la modelo, a la vecina,
a la profesora, a la vendedora,
a la ex, a la actual, a la trampa;
infalible para comerse a cualquiera.

Pueden pasar veinte años,
relaciones, aventuras,
siempre vuelve el hijo pródigo
al hedonismo de su bravura.

Matar los tiempos aburridos
porque solos nos vamos del mundo,
cuando solo o deprimido,
egocéntrico, en crisis, profundo.

Que el que no se haya masturbado
tres veces en un día
tire la primera piedra,
huirán todos de por vida.

En estos momentos mientras escribo,
cuando lo lean, piensen, comenten,
alguien en el mundo se autocomplace,
alguno muere y quizá otro nace.

Concluidas casi estas líneas
que a más de uno llevaron de a pocos
a sobarse los genitales,
“jalarse la tripa” o chorrear mocos.

Sin tal extremidad desgraciado fuera,
me ajusto los machos y como mexicano
finalmente, explicito mi reverencia,
te musito al oído: ¡gracias mano!


Darth Bastón.

lunes 19 de octubre de 2009

Los 13 de la isla del naufragio

El joven —y laureado— poeta y cuentista Esteban Polle Fuller prologa respecto a la incursión en poesía de divergencia-carlitox.blogspot.com:


Primerísimas impresiones en torno a la primerísima poesía de Darth Baston/Carlitox Miranda


La adolescencia y juventud es una época de la vida en la que muchos tienen ilusiones de escribir y hacerse poetas. La mayoría desisten y terminan de ejecutivos, abogados, médicos, psicólogos, publicistas, profesores. Algunos persisten, se la juegan y muchas veces sufren precariedad y marginación. ¿Vale la pena arriesgarse? ¿Qué impulsa a algunos a no cesar en el amor por la creación aunque se trate de aventuras fugaces? No estoy seguro. Vivimos una edad en que podemos experimentar cualquier cosa y tengo la sensación de que cuando se escribe — y sobretodo si se trata de poesía— existe la magia de grabar y darle a conocer al resto del mundo las experiencias, las imágenes y las sensaciones que más nos han conmocionado. La buena literatura la veo, ante todo, como una oportunidad para compartir.

Mi colega lleva un tiempo compartiendo. En ello ha estado demostrando hasta ahora un gran entusiasmo y de momento se anima a colgar la poesía que se ha atrevido a plasmar en las últimas semanas. Sin duda tiene talento — y sobretodo bastante concha— aunque no dejaré de decir que es a todas luces un principiante — un vate como decían antiguamente—. Esto implica numerosas limitaciones, pero también algunas ventajas. Por un lado, le falta mucha técnica y necesita condensar el mensaje poético en imágenes más directas y expresivas. Por otro, sin embargo, tiene el desenfado de quien no le debe nada a nadie. Los novatos pueden sufrir los tropiezos de la falta de experiencia, pero también están menos contaminados por los prejuicios de la obra “bien hecha” y suelen llegar con ideas frescas.

Pese a que muchos versos (e intentos de sonetos) de Carlitox delatan una indudable influencia de Sabina y que, por momentos, su desenfado se echa a perder por un innecesario recato (ya sea en la forma o el contenido) creo que alcanza algunos aciertos muy rescatables. Por ejemplo “Por todo lo gozado y por lo por gozar” es uno de los mejores himnos que un joven le pueda brindar a la paja (todos la disfrutan, ¿pero quién le dedica cantos tan sublimes?).

Yo presiento que en la poesía del joven Miranda — si se empeña en esta locura— hay una senda que puede producir resultados más que fructíferos: epigramas que rescatan diversos aspectos de la vida cotidiana con un lenguaje sencillo, desenfadado y no exento de fuerza y belleza. Claro que él puede seguir lo que quiera, no pienso que haya que encorsetar ni esquematizar tanto a un recién llegado. Es más, mi mayor recomendación sería que no obsesione con la métrica y la rima y que rehuya siempre que sea necesaria la imitación de los bardos que más le impresionen. Si sigue mostrando el mismo empeño los resultados podrían llegar a ser más que interesantes.


Lunes 21 de Septiembre, 22: 45 hrs.

—¿Aló?
—Aló hijo, ¡feliz cumpleaños! Te saluda tu tío Ramón. Espero que nunca olvides que los últimos serán siempre los primeros… ¿cómo la has pasado?

***
Darth Bastón:
Alguna vez cuando cursé quinto de media — y quizá también antes— escribí uno que otro poema, con más entusiasmo que técnica. Hace unas semanas decidí volver a incursionar en el fino arte de escribir versos. Así fue que creé “Por todo lo gozado y por lo por gozar” que representa prácticamente un himno a la masturbación. 156 versos le dediqué. ¿por qué? —aunque la fama de pajero no me la quite nadie— el motivo principal fue mi deseo de querer concursar en unos juegos florales en los que como requisito para el género poesía se pedían al menos 150 versos. Tenía que ser un tema amplio en el cual me pueda explayar lo suficiente y no se me ocurrió mejor idea que la masturbación. Finalmente, me perdí en el intento de darle musicalidad y ritmo y, al ver que más parecía un cuento —versos con sabor a prosa— lo abandoné en una indecisión total entre verso libre y métrica. Hoy por hoy estoy dispuesto a darle mis últimas pinceladas y publicarlo tarde o temprano.

Posteriormente, escribí 5 sonetos seguidos y el estilo epigramático y la prosa me seguían en cada rincón de mis indecisos versos. Para librarme de este problema me dediqué al verso libre un tiempo y a la tercera fue la vencida. Mi tercer poema a verso libre logró superar de alguna manera estas trabas. No obstante, continué con los sonetos y escribí 5 más y hoy, teniendo ya estos 13 poemas puedo percatarme de que la métrica y la rima son un arma de doble filo: cuando limitan las ideas se pierde precisión y la obra resulta pobre, pero cuando se sigue una línea de imágenes puntuales, aquel estilo —ahora oxidado— de poesía, brinda un alto grado esteticismo y la letra y tinta le generan un plus que a mi modo de sentir nunca pasará de moda. Con pequeños comentarios les presentaré pues, los 13 de la isla del naufragio que marcaron el axioma de mi incursión en poesía.

***
Gracias tío por la reflexión. Ahora la tomaré en cuenta, puesto que quisiera empezar presentando primero mis últimas obras, ya que con las iniciales podría aburrirlos de arranque, aunque por más que sé que no son brillantes, les tengo un especial afecto, tomando en cuenta que me sirvieron para foguearme y para cometer errores que luego pude aprender a corregir de alguna manera u otra.

Para que puedan reconocer la edad de cada poema le pondré un número del 1 al 10 a cada soneto y del 1 al 3 a cada poema a verso libre.


8) Ésto es algo que de algún modo todos hacemos: jugar a ser bohemios. Considero que es mi mejor soneto y con él quiero arrancar.

Jugar a la bohemia

Las borracheras, los cafecitos,
la yerbita de dios, la blanca dama,
los burdeles, los bares, los garitos,
juventud ingenua, anhelada fama.

Las utópicas ideologías,
discusiones que evitan ser banales,
creaciones de nocturnas orgías
de filosofías irracionales.

Underground por excelencia la insignia,
compañeros con mismos intereses,
plebeyos que aparentan ser burgueses.

Literatura, historia, política,
música, pintura, cine, teatro,
decorando el barroco autorretrato.


3) Este fue el último de verso libre y sin duda el mejor de ellos. Cuestiona la rectitud y la sobriedad de una vida por esencia frágil.

Y sino ¿para qué vivo?

Somnolencia en vigilia,
itinerario por sueño,
tour de más de tres días,
verdes compañeros, públicas subastas.

Banquete de nobles sin duda,
acceso sin restricción al plebeyo,
ninfómanas que duermen de día,
fetichismos que no saben de disputas
ni de edades, ni de proveniencias,
pastillas de todos los colores.

Genios que bluffean a sus esposas,
poetas que alternan lengua y laringe,
jefes sin amores ni rencores.

el manjar de la depresión,
las taquicardias deliciosas,
adiós pudores, adiós resacas.
Todo tiempo pasado fue peor, sin controversias
sonrisas van y a lo mejor vuelven.

La combinación de cuatro de ellas
amortiguación… quizá no,
sin espacio para la memoria
seis horas, rompe hielos la paleocorteza.

El exceso del sinexceso tampoco fue.
Por sinuosos caminos transcurre la voluntad del señor,
por sinuosos caminos andaré yo
y sino ¿para qué vivo?


2) Continuando con los versos libres existenciales.
j
Creación del hombre

Deducción para todo lo demás, no hay razones
mayores al llanto desconsolado
es preferible comprar la promesa del antibalas
a sufrir a cuestas de las oscuras tinieblas de lo impredecible.

Caral, Roma, Grecia, o cualquier civilización
jamás se ausentó y creen todos tener la certeza
pero de sus manos escapa, hasta a Luis XIV
sometimiento maldito, ausencia de reflexión.

Freud, Nietzsche, Marx, Feuerbach;
sentido del sin sentido, bálsamo incierto.
tranquilidad ante indescifrables enigmas,
motivación: cabrear el castigo
¿devorar acaso al Tótem?

¡Venga y pare de sufrir!
¡Qué rico está el diezmo!
Consume el pensador animista (conformista)
dulce vida metafísica asegurada
ahora sí, todo tiene un porqué.


1) El primero de esta corta lista, también filosófico y cuestionador.

No apto para creyentes

Quizá porque no quise, quizá porque no pude,
prefiero pensar que porque no me esforcé,
pero que rico echarle la culpa al gato negro.
La sal maldecir por el resto del tiempo.

Tal vez genético, acaso no. Ora sí,
no lo sé, poca relevancia tiene ya.
Los hechos hablan y no se guardan nada de su repertorio,
el tiempo vociferará a mi oído:
todo fue y será una dulce mentira,
aunque en las profundidades de mi ser, no me engaña,
lástima que a veces se atiborre de conciencia.
La mentira.

Al final, el resultado será holísticamente una mentira;
respiro mentira, almuerzo mentira, duermo mentira,
la vida es una mentira, el mundo es mentiroso,
el arte es una mentira, el sueño es una mentira, la religión es una mentira.
Las cosas más bellas también son mentira,
el amor.

¿Por qué no querer ser defraudado si tremebundos desengaños brindo?
¿Por qué los críticos de arte? ¿Por qué los periodistas deportivos?
Todo es una gran ironía,
un sarcasmo engañador,
una quimera que no se atreve a mostrar su otro rostro.
Doble moral que nadie cuestiona.

Y sin embargo, rompo los íconos,
no me avergüenzo de renegar de mis tradiciones.
Todos duermen como invernadores pero se cagan de miedo de la muerte.
Las verdades absolutas nunca se supieron
y el suicidio susurra a mis dedos la verdad,
y es estúpido vivir ochenta años atormentado por nada,
si en la revolución francesa no sentí nada, cuando muera igual será,
¿a qué temerle?

No podré ver el impacto que genere en los mortales,
todos desarrollarán un sólido fuste construido en base a mentiras,
todos resisten las embestidas mas brutales de la temible realidad,
realidad que depende del observador.
Así, fácil es burlarla por la inercia de la imbecilidad o por temor.


1) y 6) De vuelta a los sonetos quisiera presentar ahora los que le dediqué a la sal de mi vida. Naturalmente, no se los estoy entregando recién vía http://www.divergencia-carlitox.blogspot.com/ eso ya ocurrió hace un tiempo. Sólo los quiero dejar en público por el valor artístico que en ellos radica y porque uno de ellos fue el primero que me animé a escribir. Primero presentaré el 6to, dado que es melancólico a diferencia del 1ero —que es más bien alegre— con el que quiero cerrar este dúo. Te amo.

6)
Los domingos sin ti

Recircula la sangre el corazón
le restan años los domingos sin ti,
me caigo a dormir como un lirón
de saberte lejos y quererte aquí.

Tú eres mi sinónimo de vida
que ya no concibo sin tu sonrisa
jamás quiero repetir tu partida
y el tiempo lejos no va de prisa.

Las querellas confirman lo que digo
instantes eternos rompen el alma
sólo anhelo sentirte conmigo.

Los besos de después de la pelea
no importa la culpa de quien sea
me reconcilian hasta con el mundo.

1)
Mi niña preciosa

En un fallido intento por retribuir una minúscula parte de tanta felicidad que todos los días me otorga:


Mi Carolina, mi niña preciosa,
tu sonrisita me encanta, me excita,
cada mañana te doy una rosa
sin ti me muero, te juro, coshita.

Eres mi cielo, mi sol y mi luna
al verte llorar se parte mi alma
de todas las musas tan dulce ninguna
sólo a tu lado encuentro la calma.

Se congela el tiempo cuando te beso
quiero comerte y no puedo mi vida
tenerte cerca, sólo pido eso.

Me derrito con esa vocecita
a lo lejos pienso sólo en ella
desconsolado el corazón palpita.


9) y 10) Volvamos pues a los nuevos sonetos. Uno un poco limitado por el lenguaje típico de la tauromaquia y el otro un tanto saleroso.


Romántico hasta siempre coleta

A puertita gayola lo recibe,
alista pasito doble el coro
una tarde en la que se escribe
un gran cierre con tabaco y oro.

La magia del capote en chicuelinas,
una danza por par de banderillas,
remate soberbio en manoletinas
y jugarse la vida de rodillas.

Con la suerte de la suerte suprema,
hasta la gamusa, sin puntilla
Dobla y empuja la montera.

La última página de un libro
narra la ovación de dos orejas,
puerta grande y hasta siempre coleta.


10)
Ante todos, su mester de juglaría

Sin más que el ingenio por capital,
sin más que la rima como herramienta
se dirige hacia un pueblo rural
un juglarcito de pico de menta.

El maestro de la improvisación
relata historias, le ofrecen libar.
todo lo que implica ser un bufón
saber cómo a multitudes cautivar.

Se mete a la gente y tres monedas
al bolsillo de sus tristes miserias
el amante de la risa de las serias.

A la monótona melancolía
el noble oficio de juglaría
la saca de quicio le rompe esquemas.


7) Me siento realmente mal de no poder dedicarle 14 versos a cada persona que estimo y que a pulso se ha ganado un lugar en mi corazón y en mi memoria. Motivo por el cual me tomé la molestia —el gusto— de escribir este sonetito. No se lo dedico a todo el mundo. Para que una persona pueda tener la libertad de saberse parte de esta dedicatoria tiene que cumplir un único requisito: Sentirse de alguna manera parte de mi vida y de mi aprecio.


La más noble acepción del término “familia”

Dícese de aquellos gratos parientes,
los sinceros y los que no compiten,
la mujer de tus labios más urgentes,
los amigos que por años se repiten.

Se sacrifican, ríen, lloran y van
mas las agujas alejan sin piedad,
pero si se les requiere están
herencia ineludible, hermandad.

Compañeros de miles de historias
fuerza centrípeta incondicional
aunque más dulce es catar zanahorias.

Antítesis de la insana envidia,
jamás muere y separa la desidia
amor abierto nada es material.


3) A Joaquín Martínez Sabina.

Al maestro

Al maestro de maestros: el Joaco
es a quien mis versos mucho deben
me inspira más que el dios Baco
el más genial de todos los que beben.

Su “Y sin embargo”, su “Ciento volando”;
su “Contigo”, sus “Benditos malditos”;
su perspicacia, su arte cantando;
me llegan al alma, me llaman a gritos.

El genio de Úbeda, que ingenioso
comparto la noche y magdalenas
sin el cigarro caemos al pozo.

Que sería la vida sin excesos.
Su lema me emborracho luego existo,
su cristo, dar en métrica sucesos.


4) A todos los pichangueros que la dejaron (y a los que piensan dejarla).

La delgada línea blanca

Los viste de negro la blanca dama
puede dar fe el tabique desviado
euforia mendaz termina en la cama
gran depresión, héroe cansado.

Colchón al alcohol pa’ toda la noche,
soberbios versos permite escribir
dominan mejor el timón de su coche
e ignoran lo cerca que están de morir.

Es muy probable caer en la cana,
se pierde familia, amigos, respeto,
sumado a eso, derroche de lana.

Insomnio terrible para semanas
la culpa de todo bajo el florero.
El falso paquisha no tiñe canas.


5) A todas las selecciones que fueron al mundial y a la vieja casaquilla blanquirroja que se hizo respetar por las diferentes latitudes.
El verso: El ochenta y uno en Francia, repaso, hace referencia al 1-0 con el que derrotó Perú en su gira previa a España ‘82 al equipo de Platini.
El verso: Al Scratch Brasil en Belo: tres – uno, hace referencia a la Copa América del ’75.
El verso: el setenta y ocho afuera por pago, hace referencia al mundial del '78 luego del cuestionado partido entre Perú y Argentina.

Gloriosos tiempos de antaño

La blanquirroja que gloriosa fuera:
Chumpitaz, Sotil, Cueto y Cubillas
la de los setenta o en la Bombonera.
Todos los rivales caían de rodillas.

En el treinta y seis con Lolo y el mago,
el setenta y cinco el cholo-golazo,
el setenta y ocho afuera por pago,
el ochenta y uno en Francia, repaso.

Al Scratch Brasil en Belo: tres – uno,
qué maestría del finado Didí,
como el loquito Quiroga ninguno.

Cualquier tiempo pasado, mejor que éste
la camiseta era otra cosa.
¡Lárgate Burga, con toda tu peste!


2) Finalmente, les doy un adelantito del poema que pronto publicaré en este sitio. Sin más dedicatoria que como indica el título: Por todo lo gozado y por lo por gozar, 14 versos arrancados arbitrariamente de estos cantos tan sublimes como diría Esteban.

Por todo lo gozado y por lo por gozar
(Fragmento adaptado a soneto)

Instintivo probablemente
desde Onán que se tiene registro
cualquier lego es autosuficiente,
de un placer rechazado por Cristo.*

Jamás contagia V.I.H. sida,
jamás la amada se embaraza,
ni ocasiona los celos en vida
y menos resta los jorges de casa.

Sólo ocúpate de que no seas visto
en el auto, en la escuela, en el baño,
disfrutar diez minutos y listo.

Salvación para los que nunca mojan
terror de las señoritas que fuman
tímidos y religiosos: escojan.

* Lo sé, por más que no lo advirtieron, registro no rima con cristo.

lunes 21 de septiembre de 2009

Magister dix

Por primera vez en mi vida, me encontraba en la penumbra de la mítica sala de profesores. La falta de ventilación, por la ausencia de ventanas, combinaba el insufrible calor con un olor que parecía ser causado por la mezcla de periódicos viejos cobijando ratas, con humo de cigarrillo y una reminiscencia de aroma a café pasado. Sin duda, un ambiente asfixiante e indeseable para cualquier mortal.

En ese momento, no había nadie más que yo en aquel estrecho lugar. Empezaba a impacientarme cuando, de repente, divisé la silueta del profesor Cabrejo colándose por la puerta. Me saludó amablemente y se sentó a mi lado. Imaginaba lo que me anunciaría. Escucharlo iba a ser como vivir un “deja vu”. Enseguida comenzó con su sermón moralista.

—Bueno Camilo, sin mucho palabreo, iré al grano —dijo parsimoniosamente.

—De acuerdo —contesté displicente.

—Fíjate muchacho, yo no le exigí a los alumnos de cuarto de media que concursen en los juegos florales. Era un asunto de libre decisión, más allá de que haya ofrecido una nota extra para quien desee hacerlo. De manera que si no quieres participar, no lo hagas, pero ese cuento que has presentado, de ningún modo lo enviaré al jurado que califica y sólo por tratarse de ti, te doy la opción, si quisieras, de entregarme otro en dos días.

—¿Por qué no puede llegar a las manos del jurado mi cuento? ¿Qué hay de malo en él? La mayoría de mis compañeros tienen una pésima redacción y peor ortografía, y al parecer a ellos no les dice nada. ¿Cuál es el motivo de esa injusta discriminación?

—No es por redacción ni ortografía. No puedo negar que tu cuento tiene diálogos bien elaborados, buen uso del lenguaje y una trama embelesadora. Gozas de mucho salero para escribir, eres muy perspicaz, pero todas tus virtudes las degradas enormemente con reiteradas vulgaridades y una barroca diversidad de voluptuosos detalles innecesarios —me replicó ceremoniosamente punzante.

—Profesor, con todo respeto, ¿tiene usted idea de lo que está diciendo? Las “vulgaridades”, como usted las denomina, son propias de los diálogos coloquiales que le dan verosimilitud a las historias, y sí, escribí un cuento erótico, pero de igual manera el sexo es tan común en literatura como en la vida cotidiana. Realmente, no veo el problema. ¿Ha leído usted alguna vez a Mario Vargas Llosa o a Gabriel García Márquez?

—Por supuesto Camilo, entiendo tu posición, pero aparentemente tú no, la mía. Lo que has escrito quizá sea una obra interesante y como buen prospecto de escritor latinoamericano, recurres a un vocabulario soez. No obstante, los curas del colegio no comparten nuestro punto de vista. ¿Te imaginas qué pasaría si tu cuento gana y alguno de ellos se toma la molestia de leerlo? ¿Sabes las consecuencias que eso acarrearía? Quedarían horrorizados y seguramente serías expulsado y yo, despedido. Como te mencioné, tienes la opción de presentarme otro trabajo.

Hasta ese momento había resistido estoicamente a todas las barbaridades espetadas por Cabrejo, pero esto último me cayó como un elefante del quinto piso. Estaba indignado. Me di cuenta de que mi estimado profesor del curso de literatura era un descarado capaz de actuar de la manera más incongruente con tal de mantener su trabajo. ¿Qué se habrá creído este jijuna gran puta para dejar de lado mi cuento por miedo a esos curitas hipócritas? —pensé—. No podía soslayar sus comentarios. Mi agresivo refutamiento era inminente.

—¿O sea que usted piensa y actúa de modos distintos? ¿Dónde quedó aquello de que quería alumnos rebeldes y cuestionadores? ¿Y qué hay de la aspiración por formar vanguardistas? Ahora veo que cuando usted pregonaba eso, lo que hacía era hablar por tener ganas de decir algo.

—No te permito que me hables así, Camilo. Y que te quede bien claro lo siguiente; yo les di libre albedrío para que escriban sobre lo que prefieran, porque limitarlos a un tema en especial me parecería ridículo e irracional, ya que estaría atentando contra su capacidad creativa y burlándome de su imaginación. Sin embargo, tú captaste mal el mensaje. Date cuenta de la diferencia entre libertad y libertinaje. En la vida debes respetar ciertos límites, no puedes andar haciendo siempre lo que te de la gana, ¿o te parece que el mundo es anárquico por naturaleza? Por último, por algo yo soy el profesor, así que tendrás que obedecerme en todo lo que te ordene, ¿te enteras?

—Mire profesor (viejo cabrón), para escribir yo sólo tengo los límites que mi propia conciencia me indica. Por otro lado, todo lo que usted dice es puro verso, lo único que le interesa es que los curas jamás lo despidan. Así que me rehúso a hacerle caso a un falso, metalizado y convenido como usted.

—¡Basta! Yo mismo me encargaré de que te expulsen por insolente. Ahora vas a ver lo que te va a costar la rebeldía y todita la cojudez. ¡Atrevido! ¡Lárgate de mi vista! ¡Fuera de aquí!

—Adiós Cabreeejoooo —le dije sarcásticamente mientras me iba.

—¡¿Cómo dices?! —Contestó furibundo.

—Adiós cabro pendejo —musité y tiré la puerta.



Y fue allí donde volví a presenciar, al día siguiente, el bigote poblado y los anteojos de gruesos cristales que adornaban el rostro con calvicie del robusto profesor Cabrejo. Con la diferencia de que, esa vez, el lugar no apestaba a mil demonios, quizá por alguna medida que se tomó en virtud de que también fueron citados mis padres y nos acompañó el cura director.

Permanecí impávido al escuchar mi condena. Luego, miré al techo queriendo mostrar una actitud indiferente. De pronto, sonreí. Se me había ocurrido algo genial: algún día le contaré al mundo sobre este huevón… Como pueden asumir, no me arrepentía de haber actuado de la forma que lo hice. Si no hubiera sido así, sencillamente no sería yo.

Su placer, el displacer

Milena, era el nombre de una hermosa mujer adolescente que nació y creció saturada de poder y privilegio, puesto que era hija del rey que regía el imperio más poderoso del mundo. Para ella resultaba totalmente trivial tener esclavos, sirvientes, joyas, un imponente palacio y mucha riqueza. No concebía el mundo de otra forma.

Odiaba que la madre le asignara las tareas del hermano, o el hecho de presenciar una evidente injusticia. Su espíritu sin duda era el de una mujer rebelde e insumisa, capaz de todo con tal de no ceder ante los abusos. Pero paradójicamente, estaba harta de tanto honor y en su subconsciente coexistía un deseo tabú de experimentar la coacción de su libertad, exclusivamente de manera lúdica y lujuriosa.

A sus veinte años, había tenido ya numerosos pretendientes, pero los fue descartando uno a uno hasta que, finalmente, nadie quiso volver a ofrecerle amor eterno por lo inasequible que resultaba tamaña empresa. Incluso existían rumores de que era lesbiana y solía participar en orgías con las esclavas.

Sin embargo, un primo lejano que si bien pertenecía a la nobleza no contaba con un título importante; sin que nadie lo notase, había despertado su interés. Este hombre de unos dieciocho años, parecía diseñado a la medida de lo que a la princesa gustaba. Era corpulento, pelucón, agraciado y barbudo. A todas luces poseía el aspecto del macho perfecto, dentro del cual albergaba a un corazón gentil.

***

La heredera predilecta del rey, un día como cualquier otro, atravesaba el patio que separaba la sala de juego de su habitación cuando, de repente, tuvo en frente a su últimamente añorado primo.

—¡Dichosos los ojos que te ven prima! —la saludó con una sonrisa amplia y aparente prisa.

—Alfredo, ¿por qué el apuro? ¿A dónde te diriges? ¿Dormirás hoy en el palacio?

—Sí. Sólo Iba a hacer entrega de un mensaje que envía un familiar lejano a uno de los amigos de tu padre.

—¿No tienes un par de minutos para tratar un tema menesteroso conmigo?

—Por supuesto. ¿Qué es lo que me quieres comentar?

—Ven, alejémonos un poco —dijo y frunció el ceño.

—¿Pasa algo? —preguntó inquietado.

—Alfredo, quiero ser tu esclava, que me sometas, que hagas conmigo lo que te venga en gana —propuso decidida.

—¿Pero que bicho te ha picado mujer? ¿Cómo es eso? —Contestó desconcertado.

—Como oyes. Quiero que seas mi amo, que me domines.

—¿Has perdido el juicio? No entiendo nada de lo que dices.

—He tenido sueños y raras visiones. Sólo Dios sabe por qué es preciso que esto ocurra.

—¿Qué es lo que según esas visiones esperas que haga?

—Desnúdame, amárrame, tortúrame. Haz conmigo lo que desees.

—¿Estás demente?

—Te doy veinte perras si cumples con lo que te pido.

—No puedo hacerlo.

—Cuarenta perras.

—Que no, ¡que no!

—Setenta perras y no se hable más. Créeme, es estrictamente necesario que me obedezcas.

—¿Segura de que es totalmente imprescindible?

—Absolutamente.

—Nadie se puede enterar y jamás se repetirá— advirtió aún poco convencido.

—A medianoche te buscaré en tu escondrijo secreto. Prepara y planea todo. Me muero por estar a tus pies una velada entera.

***

—Hola, Alfredo —dijo Milena. Entró al espacioso escondrijo que olía a viruta y cerró la puerta.

—Hola, ¿estás lista?

—Por supuesto. Estuve contando las horas.

—Se me han ocurrido suficientes ideas para que escarmientes y nunca más pasen por tu cabeza semejantes insensateces, pero tenemos que llegar a un acuerdo. Si en algún momento dejas de sentirte a gusto, debes mencionar la palabra “trompo”. Si has de pronunciar cualquier quejido como “suéltame”, “ten piedad” o lo que fuese, no te haré caso. Si de verdad quieres que te libere, dices la palabra clave y punto. Para que no la olvides, la apuntaré en el tablero.

Ni bien aceptadas las reglas de juego, golpeó con su rodilla la matriz de su prima, lo cual produjo en ella 30% de dolor y 70% de placer, al igual que todo lo que ocurrió el resto de la noche. Cayó al camastro y él aprovechó el pánico para desnudarla por completo y atarla de brazos y piernas.

Milena se excitaba con tan sólo saberse desnuda frente a un hombre guapo, mientras el verdugo sin vocación se esforzaba por brindarle el máximo placer posible a una fetichista de la sumisión; insultándola, burlándose de ella y finalmente, escribiendo con tinta en todo su pecho: “ESCLAVA”. La sometida pudo alcanzar a ver el agravio en el espejo colocado en el techo.

Alfredo se desconocía a sí mismo, le ajustó un gancho en cada pezón y amarró (delicadamente, pero con apariencia de maldad) sus senos. Milena se sentía fascinada.

—A que no sabes cómo te voy a castigar. Esclava mala.

—¡Oh no, por favor, amo!

—¿Adivina para qué voy a utilizar este gran pedazo de hielo?

—¿Para qué?

—Te enfriaré un poquito —Amenazó mostrándolo.

—¡Oh, no!

Y lo colocó en su ombligo mientras ella gemía por aquella desagradable-agradable sensación. Acto seguido, fue arrastrándolo hasta el bajo vientre para luego frotarlo y dejarlo en la vagina.

***

Luego de haber abandonado breves minutos a su ilustre esclava, por ir en busca de una plancha de madera, volvió Alfredo. La sometida ya había “sufrido” mucho. De momento se encontraba boca abajo, aún amarrada.

—¿Cómo has estado estos diez minutos en los que me ausenté, esclava?

—Lo extrañé, amo.

—¡Pues la próxima vez que me vaya no me vas a extrañar! ¡Vas a ver!

Le abofeteó los glúteos. Una, dos, tres, cuatro y cinco veces. Se los hizo ver en el espejo. Quedaron rojos.

—Tu trasero está rojo esclava. Míralo.

—Ya lo veo, amo.

—¿Te duele?

—Sí, amo.

—Pues, ¡que te siga doliendo!

La golpeó (en la misma zona) con la plancha de madera (aunque no de modo muy tosco) Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete veces.

—¿Quieres que me detenga?

—Te lo suplico.

—Te daré gusto entonces. Me detendré.

Tomó de algún lugar un objeto de plástico del grosor de un cigarro. Anticipó: “voy a ser benevolente contigo esclavita”. Lo lamió. Abrió sus nalgas y dejó caer un escupitajo al centro. Profirió una sardónica carcajada e introdujo el objeto entre ellas. Al cabo de media hora de meter y sacarlo, volvió a retirarse.

***

Una vez más, la esclava permanecía en posición boca abajo. Ahora, cogida de los pelos por el improvisado castigador y frente a una tina, en el baño.

—Respira hondo, esclava.

Ella hizo caso y él le sumergió la cabeza debajo del agua seis segundos. La dejó tranquila diez y continuó. El acto se repitió pocas veces. Luego, le arrojó un baldazo de agua fría en el resto del cuerpo y le ordenó que le besara los pies.

—Ya me cansé de ti, esclava (desató sus manos). Quiero que antes de mandarte al destierro cumplas una última orden —exigió en tono dictatorial y pellizcó sus húmedos labios superiores.

—Ouhhh. ¿Qué cosa es, amo?

Se bajó el pantalón y ordenó: “Chúpamela”.
Milena, entendiendo que era el final de su gozosa tortura, quiso acabar con el juego que disfrutó tanto dejando en claro que fue sólo eso.

Obedeció a su amo y succionó su sexo, pero a los pocos segundos, no pudiendo soportar la idea de que el sometimiento sea por vez única, se rebeló y con su mano derecha estrujó cruelmente las bolitas de Alfredo, que exhaló un grito desconsolado y cayó tendido al suelo. Mientras, ella aprovechó para atarlo.

Ahora el turno de torturar fue suyo, por más que no lo disfrutó tanto como lo antes ocurrido.

domingo 20 de septiembre de 2009

Letras desde casa

Escribí esta crónica no verídica, mas bien verosímil en un momento en que empezaba a escribir ya algo mejor que antes. Creo que el cuento que marcó ese axioma fue "Magister dix", que creé para el curso de expresión escrita. Previo a ese, ya se podía vislumbrar un esbozo de mi estilo literario en "Mariana", "Un cuento más para la Magdalena" y por qué no en "Azul cancrillo", donde utilicé el vocabulario de la Naranja mecánica.

"Letra desde casa" la escribí un cuento después de iniciada esa nueva etapa que comentaba. Ese cuento (aunque más que nada haya sido un post gracioso y sin sentido) que medió fue "A tu manera".

Todavía pueden notarse errores con las comas y diálogos poco realistas, así como palabras refinadas innecesarias. Además de ello, no pierdo (aunque sea por partes) el sarcasmo y las vulgaridades y remato la historia con un fragmento (en letra cursiva) de "Esos locos bajitos" de Serrat.

Quisiera destacar por último, que esta crónica (una de mis últimas dentro de mis escasas producciones literarias) también fue realizada con el fin de ser presentada para el curso de expresión escrita y estuvo limitada por tener que girar en torno al plan lector. Además, de que la presenté en pareja con una amiga que no sé si quisiera que mencione su nombre en este blog chabacano y de muy mal gusto.


Letras desde casa

A falta de razón sobran pasiones


Una tranquila noche de inicios de febrero me tomé la molestia de ver cuáles eran los doce libros que compró mi esposa (y que me costaron un ojo de la cara), siguiendo las disposiciones del plan lector, para que lea nuestro hijo, a razón de uno por mes, durante todo el año.

Luego de un riguroso escudriñamiento y posterior meditación, llegué a la engorrosa conclusión de que el plan lector que se aplicaba en el colegio Peruvian School estaba atrozmente diseñado y carecía por completo de sentido común. Constaba obras literarias complicadísimas de entender para niños de doce años que cursan el sexto grado de primaria; puesto que, o contaban con un castellano muy elaborado, o requerían de una alta capacidad de abstracción. ¿Cómo es posible que les exijan leer La entrega final de Camilo Martínez?, que si bien es una excelente novela, está narrada en distintos planos y con bastante polifonía —me preguntaba atormentado—.

Pensé pues, que si seguían compeliendo a los niños a que lean este tipo de obras a una edad inadecuada, por inercia, era muy probable que terminen odiando el arte de la palabra y alejándose por completo del reconfortante hábito de la lectura. Naturalmente, no permitiría que mi único hijo y heredero corriera tal suerte. Era menester entonces, intervenir yo mismo para garantizar su futuro como asiduo lector y hombre preparado y culto, debido a lo riesgoso que resultaba dejar dicha tarea en manos de los ilustres huevones que inventaron el plan lector.

Pero… ¿cómo? Era la gran pregunta. Empecé a deliberar de qué manera este “loco bajito” que se desvive en la computadora con juegos de mitología griega, mañana, tarde y noche; podría conseguir interés por la fructuosa costumbre de leer (algo más que los subtítulos de las películas). Mientras reflexionaba, por casualidad recordé el partido de fútbol que disputaría al día siguiente Universitario contra San Lorenzo de Argentina por la Copa Libertadores. Al instante de tal evocación creí haber dado a parar con el nexo perfecto entre mi amado retoño y los libros: El fútbol. ¡Que buena idea! —Me dije exhalando alborozo—.


En tribuna de Oriente presencié al lado de mi adorado vástago y de otros cincuenta mil espectadores más, el majestuoso triunfo de Universitario de Deportes 1-0 sobre su rival San Lorenzo de Almagro, en el coloso Estadio Monumental de Ate. Indiscutibles dominadores del partido fueron los cremas de la “U”, que se dieron el lujo de desaprovechar dos oportunidades claras de gol: la primera, surgió de una jugada individual del mexicano Espinoza, que terminó estrellando el balón en el travesaño y la segunda, en el último minuto, que fue salvada en la línea por el argentino Gastón Aguirre, luego de un cabezazo de Miguel Ángel Torres que aprovechó un buen centro de Jorge Vásquez. Sin embargo, bastó el tanto anotado desde las dieciocho yardas por el “maestrito” Nolberto Solano, quien además deleitó con sus tacos, pases de lujo y paredes, para asegurar la victoria.

Camino de regreso a casa, mientras conversábamos del espectáculo, creí haber acertado en traerlo al estadio. Lo notaba feliz y con toda la razón del mundo tenía que estarlo. Un partido así no se ve todos los días. No quise desaprovechar el contexto y esa misma noche busqué en mi estudio la revista argentina El Gráfico de 1967, para dejársela en su mesa de noche, en la mañana, antes de salir a trabajar. Iba a demostrarle que no ha existido desde toda la vida esa prostituta manía de los futbolistas peruanos de querer esforzarse por demostrar que siempre se puede estar peor.


Al retornar a casa, luego de una ardua jornada laboral me recibió, con un abrazo y un beso, mi único hijo y mejor amigo. Noté en él un aire de intelectualidad, que me agradó, durante esos segundos y creí saber de dónde provenía. A lo largo de la cena no cesó de contarme maravillado todo lo que había descubierto: “La “U” le ganó a River y a Racing en Buenos Aires en poco más de dos días. No lo puedo creer. Que lástima que no hayan videos de esos dos partidos”.

Le conté, para gratitud suya, que con muchos de aquellos jugadores como Challe, Chumpitaz, Calatayud, Cassaretto, el “ronco” Rodríguez, etcétera, que protagonizaron tamaña epopeya, la “U” había conseguido el subcampeonato de la Libertadores en 1972, tras caer derrotado a manos del rey de copas Independiente de Avellaneda.

Parecía tan fascinado al escuchar la historia del fútbol peruano como un niño que escucha las historias de Harry Potter. Quizá le resultaban igual de fantásticas ambas. Sin embargo, no conforme con mis relatos, me pidió otra revista que narrara alguna de las tantas glorias del balompié nacional de antaño.

—Ahora que terminemos de comer te traigo un libro titulado Cuestión de pelotas, que habla del legendario olímpico de Berlín 1936, además de la Copa América del ’39 y de selecciones peruanas de la primera mitad del siglo XX — le ofrecí.


Fui a la cocina en la mañana del siguiente día para tomar el café matutino antes de salir a trabajar y me encontré con mi ahora pequeño discípulo, ayudando a su madre a preparar un día playero. Me saludó cariñosamente. Demoré en advertir que el libro que le había prestado la noche anterior estaba sobre la mesa. Le pregunté si le gustó y para regocijo mío, noté que lo embelesó más de lo que él mismo comentaba. Aparentemente, Se había amanecido leyéndolo.

Mientras disfrutaba del humeante café, me contó una anécdota sumamente graciosa del legendario “Lolo” Fernández, que leyó en Cuestión de pelotas. Resulta que en una gira que tuvo por Europa con la selección, anotó un gol espectacular en Escocia. Empalmó un centro templado de “Pachequito” y la redonda ingresó por un ángulo alto, para desgracia del arquero, que en un inútil intento por desviarla tuvo una notable volada. Al dar la vuelta para festejar su conquista, y desconociendo que los escoceses tenían como costumbre celebrar un gran gol agitando pañuelos blancos, vio confundido tal escena y pensó: “Pa’su diablo, cuántos apristas hay por acá”. Poco tiempo después se enteró de aquella tradición escocesa.

Vaya que me reí con tamaña agudeza. Al retomar la serenidad creí que era el momento oportuno para hablarle explícitamente sobre la importancia de la lectura. Le mencioné que es básico para llegar a ser alguien en esta vida, leer constantemente. Asimismo, dejé en claro que uno debe “engancharse” a tal hábito leyendo lo que a uno más le gusta.

—Yo me volví un lector frecuente, gracias a mi afición por los cuentos de suspenso de Edgar Allan Poe; otros, al conocer a Marx o a Engels por sus ideologías políticas; otros, con las poesías apasionantes de Neruda. En fin, todos tienen algún tema del que les guste leer y el tuyo puede ser el fútbol. Sin embargo, es importante no quedarse en un dominio específico, sino indagar siempre sobre otros nuevos. Por eso tengo una propuesta para ti.

—¿Cuál? —Preguntó interesado.

—¿Te acuerdas cuando me consultaste por qué dije “¡Al cholo hombre!”, después de que Piero Alva desaprovechara un pase preciso de Solano en el partido “U”- San Lorenzo? Bueno, si lees en un mes un libro que se llama Corazón, de Edmundo de Amicis y contestas algunas preguntas que te haga sobre él, en diciembre que tengo que viajar a España, te traeré conmigo e iremos a ver al Barcelona que fue donde jugó el “cholo”. ¿Te parece?

—¡Sería bravazo! ¿Cuándo me das el libro?


Al finalizar el primer bimestre escolar, como era usual, fui a recoger la libreta de mi continuamente mencionado hijo. Yo ya estaba comprometido a llevarlo al Camp Nou; sin embargo, él me seguía causando satisfacciones literarias. Se había sacado 19 en historia universal y 17 en lenguaje (aunque es mejor no mencionar las notas de números y ciencias). Me sentí realizado. No conforme con eso, el tutor me felicitó diciéndome: “Su hijo ha ganado el concurso de declamación de primaria recitando un excelente soneto de Joaquín Sabina titulado Benditos malditos, sin duda debe tener padres que le inculcan la letra y tinta desde pequeño. ¡Qué gusto!”.

Al perecer tenía razón mi esposa. El fruto de nuestros amores, ahora pasa menos horas frente la computadora y dedica considerable tiempo a los libros. Creo haber cumplido mi meta. Quizá no podré evitar que sufra, que las agujas avancen en su reloj, que decida por si mismo, que se equivoque; pero si podré decir orgulloso: “Conseguí formar un hombre de bien, sumamente culto e instruido, que seguramente le servirá de algo a este mundo cada vez más desesperanzado y decadente, en donde los que leen marcan la diferencia”.

domingo 31 de mayo de 2009

A tu manera

De pronto, me detuve al ver un pequeño objeto del otro lado de la acera. Crucé la pista y lo recogí. Era un celular. Miré mi reloj y eran casi las cuatro de la mañana. ¿Será que por la hora y por lo poco transitada que es esta calle, nadie lo vio antes que yo? O ¿Alguien más ya habrá pasado por este mismo lugar sin prestarle mayor importancia al menudo aparato? —me pregunté intrigado—.

Lo primero que se me ocurrió fue guardármelo en el bolsillo, pero vacilé antes de llevar a cabo tal cometido, puesto que convine que dicha conducta podía traerme, por esas cosas raras (acaso karmáticas) de la vida, siniestras consecuencias. Dejé el celular en el mismo sitio en que lo tomé, volví a cruzar la pista y me senté en la parte trasera de un automóvil que se encontraba exactamente al frente. No tenía ningún apuro. Sólo había que doblar en la esquina y dar unos cuantos pasos para llegar a mi casa. Venía de estar con Luchín, que vivía a tres cuadras, luego de una noche de cafeína y videojuegos (como en los viejos tiempos).

Inquirí minuciosamente las posibles causas de la presencia del celular. Pensé que lo más probable era que se le haya caído a algún despistado y que los siguientes transeúntes no lo advirtieron o sencillamente pensaron que era mejor dejarlo allí, para que cuando el dueño lo busque donde fueron sus últimas pisadas, pueda encontrarlo. Pero tal vez alguien lo botó por la ventana en un momento de desesperación, o a lo mejor podía ser una clave secreta de un grupo terrorista.

Entré entonces en una molesta confusión respecto de cuál debía ser el accionar de un defensor de las causas justas, como yo, ante tamaña situación. ¿Debía tomar el móvil, y pensar después en qué hacer para que llegue a manos del dueño, privando a éste de la opción de regresar al lugar y recobrarlo él mismo? O ¿era más prudente dejarlo allí a merced de cualquier bribón que pueda cogerlo sin intenciones de devolverlo? Estaba jodido. Realmente jodido. Me hubiera quedado a dormir en casa de Luchín, me dije a mí mismo, luego de maldecir el momento en que confirmé la cita matutina que me lo impidió.

Finalmente, cansado de las mentadas oscilaciones, llegué a la sana conclusión de que lo mejor que podía hacer era, tomar el celular, buscar un número registrado, llamar a ese número y decir que encontré extraviado el móvil y que por eso quería coordinar una cita para devolverlo. ¡Problema resuelto! —¡Bah! ¿Cómo no se me ocurrió antes? —me autocritiqué—.


Una vez echado en la cama, y dispuesto a dejar de poner resistencia a las desmedidas ganas de dormir. Marqué un número al azar de los registrados y me di con la ingrata sorpresa de que no tenía saldo el condenado celular. Exhalé lentamente una carga interna de furia insensata y casi simultáneamente sonó el timbre. No imaginaba quién podía ser tan tarde. Me levanté con la esperanza de que la improvisada visita sea capaz de revertir mis ánimos. Miré por el ojo de la puerta. Era Luchín.

—¿Qué fue Luchín? ¿Qué haces acá? —pregunté desconcertado.
—Nada hermano. No puedo jatear. No tengo sueño. ¿Me puedo quedar acá hasta mañana por la mañana cuando te quites?
—Claro. Pasa, pasa.

Saqué dos cuzqueñas. Nos sentamos en torno a la mesita del living y le expliqué lo que me sucedió después de despedirnos hacía no más de tres cuartos de hora.

—No te hagas paltas. Es solo un celular. Todos alguna vez hemos perdido uno —me dijo.
—Tienes razón. Ya estoy cansado de atormentarme siempre, cuestionando si lo que hago es realmente lo correcto o no. Esas interminables ganas de convencerme que obro con bien ya me saturaron.
—Sí te entiendo. Mira, tú eres una gran persona y nadie tiene la verdad en sus manos, simplemente haz lo que creas pertinente y si te equivocas qué chucha.
—Ajá. A partir de ahora, cada vez que esté en duda sobre cómo debo proceder, haré lo que me dicte mi corazón, porque como tú dices, es imposible tener la certeza de que nuestros actos son los idóneos. Además, siempre que uno se equivoca con convicción, puede recapacitar y aprender de sus errores.
—Ya carajo, muy filosóficos nos hemos puesto. ¿Qué piensas hacer con el celular?
—Supongo que colocarlo donde lo encontré. ¿Tú qué dices?
—¿No sería mejor cancelar la cuenta?
—Creo que no es mala idea.
—Bueno, entonces hagámoslo, pero a nuestra manera.
—¿Qué sugieres?
—Pásame el celular.

Obedecí a su petición. Vi que marcó unos números. Le pregunté qué estaba haciendo y me dijo que llamaba al 103, que es el número de las consultas.

—Aló, gracias por llamar a Nextel, le habla Cecilia Cárdenas, ¿En qué puedo ayudarle?
—Aló, ¿te puedo recitar una poesía?
—Si sigue haciendo esas bromas le podemos cortar la línea señor. Hasta luego, que tenga buen día.

Luchín se amargó sobremanera con la respuesta de la señorita Cárdenas y se dispuso a llamar otra vez, ahora con la intención de dejar en claro su descontento.

—Aló, gracias por llamar a Nextel, le habla Antonio Sabala, ¿En qué puedo ayudarle?
—Aló, sí buenas, quería pedir un teléfono señor.
—Sí señor, ¿qué teléfono?
—¿Me podría dar usted el teléfono de su madre?
—¿Cómo dice señor?
—¿Si me podría dar el número de su madre?
—¿Perdón?
—Sí, lo perdono, pero que no vuelva a ocurrir, ¿puede o no darme usted el número de su mami?
—No le entiendo señor.
—¿Eres sordo huevón? ¿Me puedes dar o no el número de tu vieja?
—Ese no lo tengo pero le podría dar el número de mi hermana.
—Ah, qué lástima, entonces dame el de tu hermana.
—666…
—¡Vete al carajo! —interrumpió y colgó.


No puedo entender hasta ahora cómo me atoraba y se me salían las lágrimas de la risa por esas cuatro vulgaridades no muy elaboradas que dijo Luchín. ¿Será que el mero hecho de llamar a insultar a una compañía de teléfono, donde atienden personas serias que no están para bromear, causa tanta gracia? Bueno, en todo caso, romperle los esquemas a la gente siempre es un tanto divertido. Ahora fue mi turno.

—Aló, gracias por llamar a Nextel, le habla Antonio Sabala, ¿en qué puedo ayudarle?
—Aló, tengo una consulta señor.
—¿Sí señor?
—Sí señor, quisiera saber… ¿cuánto le pagan a usted por estar como un imbécil contestando las llamadas de unos huevones como nosotros que joden a las cuatro y media de la madrugada?
—¿Alguna otra pregunta señor?
—No, sólo quería saber ¿cuánto le pagan por trabajar a esta hora?
—¿No hay alguna otra pregunta señor?
—Que no, pedazo de inconmensurable alcornoque. ¿Cuánto te pagan por trabajar a esta hora? Que dicho sea de paso, es la hora que nos gusta llamar a preguntar por tu mamacita (risas).
—¿No va a preguntar nada más señor?
—Oye, cuando entraste a trabajar, ¿te hicieron un examen psicológico o un test de down?
—Muchas gracias señor. Vamos a cancelar su cuenta, ya que no tiene nada más que preguntar.

Puh, puh, puh. Nos miramos a la cara Luchín y yo y le tiré el celular casi instintivamente para que pueda hacer la última llamada antes de que cancelen la cuenta. Al parecer captó el mensaje claro como un lago sin cieno y marcó rápidamente el 103.

—Aló, gracias por llamar a Nextel, le habla Cecilia Cárdenas, ¿en qué puedo ayudarle?
—Señorita, ¿usted ha tenido relaciones sexuales anales?

Puh, puh, puh (risas). Pasaron unos tres minutos, en los que no hacíamos otra cosa aparte de reírnos y repetir algunas de las frases que habíamos utilizado en las cuatro llamadas, cuando, súbitamente, se apagó el celular sin que siquiera lo toquemos. Intenté prenderlo, pero no podía ingresar a ninguna parte que tenga que ver con la memoria. Decía “fuera de servicio”.

—¿Y si ahora llamamos desde mi móvil y preguntamos por… no sé, por el chifa Titi? Sería graciosísimo que me reconozcan la voz y que no puedan jodernos —sugirió Luchín.
—No seas loco. Ya mucho vicio por hoy. Mejor hay que jatear de una vez, ya es tarde —contesté.
—Tienes razón, ya me dio sueño, que cague de risa ¿no?
—Ajá.


Y justo cuando estaba apunto de conciliar el sueño, entró en mi cabeza una idea perturbadora: pude llamar desde el teléfono de mi casa a algún número grabado en el Nextel y coordinar una cita para devolverlo.

martes 10 de marzo de 2009

Un cuento más para la Magdalena

Sábado, 21 de febrero.

Desde siempre había tenido una debilidad por el exceso. Lo prefería antes que el discreto encanto de la sobriedad (que es discreto pero no tiene nada de encanto). Sin embargo, mi nueva filosofía de vida me impone una disciplina de lunes a viernes que incluye: levantarme a las siete, salir a correr, trabajar, estudiar y demás. Los fines de semana simbolizan ahora el broche de oro de una larga rutina. Por tal motivo, valoro más en estos días los placeres y los vicios; se han convertido en una suerte de postre, un delicioso manjar a saborear luego de un estofado agradable pero que no termina de deleitar.

3:48 A.M.

Me encontraba de vuelta en casa recibiendo el sábado, después de una noche agitada, plagada de mágicas copas que me hacen sentir mucho más humano. Estaba echado en la cama recapitulando en mi mente todo lo ocurrido, cuando de pronto me provocó revisar la correspondencia. -Nada como leer y escribir a estas horas- pensé-. La noche era virgen aún y no me permitiría, teniéndole tantas cosas que contar a la humanidad, caer en el mundo de los sueños, a lo que dicho sea de paso le tenía cierta repulsión, un sábado sin antes haber visto rayar el alba.

3:50 A.M.

Prendí el ordenador, esperé unos segundos, inicié sesión y… un nuevo mensaje del remitente: Jean Franco.

¡Qué mierda! Desde que mi padre se separó de la madre de mi medio hermano, la familia del segundo odia a muerte a mi progenitor y desprecia todo lo que pueda provenir de él. De por sí a Jean Franco (hermano de la madre) siempre le ha gustado meterse en todo y jugar a ser juez y parte y a que los demás digan Amen de sus palabras, porque como se siente una divinidad, cree que nunca se equivoca y a los que no le apoyen en sus puntos de vista les considera unos bárbaros. Así que será divertido ver con qué me sale ahora este prepotente-conflictivo (de personalidad heredada ciertamente).

Me coloqué los lentes y abrí su carta:

“Luis Alfonso:

Ayer lei el cuento erotico “Magdalena” que colgaste en tu blog… me a parecido de lo mas vulgar, ordinario y soez… te aconsejo x tu bien que dejes de colgar esas cosas xq la gente se va ha llevar una mala imagen de ti y de tu familia… conosco personas que no les gusto nadita leer esa sarta de groserias y todos concordamos en q debes retraktarte y dejar de escribir estupideces… saludos…

Jean Franco.”

3:54 A.M.

Impulsivamente exhalé una carcajada exorbitante. Esta es la típica Jeanfrancada en la que el tipo habla por tener ganas de decir algo. ¡Qué tal idiota! Ahora vas a ver, te voy a escribir cuatro cosas para que la próxima discutas con un poquito más de inteligencia, o tal vez con un poquito menos de imbecilidad. Serás muy buen Chef, adobarás rico y en tu cocina serás muy piola, pero estás bien cojudo si crees que vas a venir a darme instrucciones de qué debo escribir y qué no.

Chik., chik, chik, chak.

¡Listo!

4:06 A.M.

“Jean Franco:

Primero que nada, te agradezco que te preocupes por mi nombradía y por la de mi familia. En retribución te voy a aclarar ciertas cosas.

1) Si no sabes lo que es el Eros, mejor no uses el término “erótico”, porque tú mismo te contradices. El adjetivo con el que has querido calificar mi cuento es “pornográfico”.
2) Cualquier obra literaria tiene que aparentar verosimilitud y eso se debe reflejar en los diálogos (coloquiales) o acaso tú les dices a tus amigos “procura no incomodarme” en lugar de “no me jodas gil”.
3) El sexo es un tema cotidiano y más aun en literatura, en especial en la latinoamericana. Por otra parte, la historia del chico platudo que se tira a la criada es más vieja que los chistes de Jaimito.
4) Si no concuerdas con lo que te comento, te aconsejo por tu bien que leas a Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Descubrirás que los detalles escabrosos que por tu inmadurez se te hacen difíciles de digerir también son escritos por novelistas magníficos y probablemente descubrirás que “conozco” se escribe con “z” y no con “s”.

Cualquier inquietud que tengas, no dejes de comunicármela. Saludos,

Luis Alfonso.

Pdta: “a” cuando se utiliza como preposición (no proviene del verbo “haber”) se escribe sin “h”. Por ejemplo: vete A la mierda.”

Enviar.

Genial. Mañana le contaré a Salieri y a mi círculo bohemio de lectores, que han alabado tanto “Magdalena” por el buen uso del castellano, la perspicacia de los diálogos, el salero de la trama y ese “enganche” que siente el lector hasta el punto de desear que no se acaben las líneas; lo que dijo el huevón de Jean Franco para reírnos un rato durante el almuerzo.

4:08 A.M.

No quería dormir. Aún sentía vitalidad, así que fui por una taza de café Nescafé.
Glub, glub, glub, glub. En un segundo pasó por mi cabeza y en dos lo decidí. Antes de ir a la cama escribiré un cuento de unas dos páginas sobre esto que ha pasado. Ojalá que el donairoso de Jean Franco por lo menos respete el pacto ficcional. Volví al ordenador. Me pareció prudente antes de empezar a escribir, jugar una partida de ajedrez contra Deep Blue como para despertar el ingenio. Algún día conoceré a Gary Kasparov.